jueves, 2 de diciembre de 2010

Sentada en una piedra fría
miro al tiempo a la cara
y le reprocho tu ausencia,
porque me duele en el alma
el tenerte tan lejos
y a la vez tan cerca.
Porque nuestra distancia
no se mide en minutos
ni metros,
se mide en besos.
Y el sol me da en la cara,
pero abro los ojos y
veo que eres tú,
que llegas con tu luz
a exiliar mi oscuridad
y mi frialdad.
Llegas a alborotar mis mares,
a calmar mis volcanes
y a callar mis penas.
Disculpa si no me quedan
palabras ni distancias
para compartir contigo,
pero es mi alma
la que espera
que deseches todo eso
y te quedes aquí,
conmigo.

Besos que florecen

Besos que florecen entre llamas.
Sirenas que surcan los mares de tu paraíso.
Sentimientos que fluyen
como la sangre de mis venas,
venas que hierven al contacto con tu piel.
Verdades que brotan,
que se desgastan con la distancia,
que sufren con tu ausencia.
Suspiros que llenan mis vacíos.
Y es el espacio entre tus labios y los míos
lo que me hizo recorrer este camino,
aquel camino que comenzó con espinas,
pero que hoy me lleva
caminando entre lirios y azucenas.
Abrázame, no me dejes ir,
porque soy yo misma
mi propia distancia,
distancia que desaparece
cuando tus dedos
se entrelazan con mis dedos,
distancia que se pierde
entre besos que florecen.